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“Budistas, universitarias e inmigrantes me ven feliz. ¡Qué le vamos a hacer!”

septiembre 21, 2010

Conchita Tomé, Numeraria Auxiliar, procede de Ciudad Rodrigo. Nos cuenta su experiencia en el Opus Dei en estos “casi ya” treinta años.




¿Cuál es el secreto de tu alegría?

Una amiga japonesa y budista me bombardeaba siempre con las mismas preguntas. Me decía: “¿Por qué estás siempre tan alegre, tan feliz, tan contenta?. ¿Es que la vida te sonríe continuamente, es que no tienes problemas, o dolores, o dificultades? Un día le contesté que me sentía una persona muy afortunada, ya que mi vida no dependía de esas circunstancias externas (aunque puedan influirme, por supuesto). Pero mi vida es plena porque sé que se puede encontrar alegría en medio del dolor, al verlo con una dimensión distinta a lo puramente humano, gracias al sentido que Dios le da.

¿Y esa alegría viene desde antiguo?

Provengo de un pueblo de Ciudad Rodrigo, en la frontera ya con Portugal. Tuve una infancia feliz, y recibí mucho cariño por parte de mis padres, que eran unos hombres generosos y buenos cristianos. Para poder casarse ellos mismos tuvieron que superar muchas dificultades y situaciones duras, por eso, mi padre me dijo: “Hija mía, yo lo único que quiero es que seas feliz, yo siempre te apoyaré y no pondré objeciones a lo que tú decidas. Sólo quiero que seas feliz”.

¿Qué camino seguiste después?

Cuando tenía quince años me fui a Madrid para estudiar, con la ilusión de ir a la Universidad. Sin embargo, mi vida dio un giro de 180º al conocer a una amiga de mi familia, que era Numeraria Auxiliar del Opus Dei. Me deslumbró su categoría humana y profesional, y me impresionó su alegría, y su servicio desinteresado hacia los demás. Con el tiempo fui frecuentando la Administración de un Colegio Mayor universitario, hasta que decidí quedarme a vivir allí y aprender las tareas propias del hogar. Estudié durante cinco años Hostelería y Turismo, y gracias al ejemplo y a lo mucho que me habían impactado aquellas mujeres, pedí la Admisión en La Obra.

¿Ahora te encuentras a gusto en el trabajo en el hogar?

Creo que sería “importante” añadir a todo esto que nunca en mi vida había fregado un plato, ni sabía coser, ni había entrado en la cocina con la ilusión de aprender. Todo eso me parecían tareas propias de personas que no tenían inquietudes intelectuales, yo siempre estaba leyendo y creía que no tenía tiempo para esas tareas del hogar. ¡Qué equivocada estaba!

¿Cómo reaccionó tu familia?

Mi abuela, por ejemplo,  al principio no entendía mi vocación en el Opus Dei como Numeraria Auxiliar, pero al verme tan entusiasmada y apasionada por preparar un menú, o sorprender con un postre, o decorar el comedor, me decía: “Esto tiene que ser muy de Dios para que tú hayas cambiado tanto”.

¿Te sientes satisfecha con tu nueva dedicación?

Hoy en día puedo decir que ha sido muy gratificante haber trabajado en diversos colegios mayores, haber formado durante varios años a alumnas en Hostelería, para que luego ellas enseñaran a otras. Eran chicas que venían de toda España y pude aprender mucho de ellas, al tiempo que disfrutamos con numerosos eventos deportivos, culturales, excursiones, concursos, montajes…

¿Y ahora has recalado en tu tierra?

Yo siempre había soñado con hacer grandes viajes al extranjero, comenzar la labor en otros países, ayudar donde más falta hiciese y resulta que “aterricé” en Salamanca.
En realidad me encuentro aquí por circunstancias familiares: mi padre falleció de repente con sesenta años (sin haber estado nunca enfermo), y mi madre que es hija única, lleva seis operaciones difíciles y dolorosas, y tiene mala salud. Además tengo dos hermanos enfermos, y mi abuela, que siempre nos cuidó y ayudó, está casi inválida.

¿Nunca has soñado con viajar?

Ya lo creo. Sin embargo, pienso que es aquí donde Dios quiere que haga el Opus Dei, y por eso, cuando llega el frío invierno, tengo muy presentes a los de la Obra que están en  Rusia, en los Países Nórdicos, en Kazajstán… donde el frío es mucho mayor. Lo mismo me sucede cuando cruzo la Plaza Mayor de esta ciudad, y veo a tantos  estudiantes de todas las razas y nacionalidades, y rezo por ellos, por sus familias y por sus países.


¿No puede parecer una vida algo anodina?

Esta situación, que para muchos sería un drama, para mí es una oportunidad para ser feliz: no me cambiaría por nadie. Los fines de semana cuido de mi familia, procuro llevarles un rayo de luz, de esperanza con mi sonrisa, y ellos están muy agradecidos y orgullosos de mí y de mi vida.

He aprendido de San Josemaría a ver la mano amorosa de Dios detrás de cada situación, y a mí la convivencia con el dolor y la enfermedad me han hecho ser más paciente, comprensiva, tener mayor sensibilidad con los demás, espíritu deportivo y buen humor para transmitirlo y ayudar.

Mis amigas universitarias, las amas de casa, el conductor del autobús, mis amigas inmigrantes… todos dicen que da gusto verme siempre contenta, y la mayoría no saben el por qué; pero yo sé que es Dios y toda la gente que reza por mí quienes me dan esa fuerza.

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